Sigmund Freud, Wilhelm Fliess, el supuesto reflejo nasogenital y el caso de Emma Eckstein (III)

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El caso, que abrió la veda para enterrar esta deletérea práctica, fue el de una paciente llamada Emma Eckstein, a quien Freud había diagnosticado una neurosis nacida de conflictos sexuales.

Fliess operó a la Sra. Eckstein. La operación fue un éxito en primera instancia, pero la paciente se sentía mal. Pasaron los días y ella empeoró. Tenía fiebre. Pasadas un par de semanas, un hedor maloliente rezumaba del interior de la nariz. El dolor de Emma era cruel e inhumano. Freud estaba alterado y acongojado por la situación que le sobrepasaba. Fliess, por su parte,  había ninguneado el caso argumentando que estaba en Berlín y no tenía tiempo para regresar a Viena a seguir la evolución de Emma. Por tanto, Freud se vio en la forzosa obligación de acudir a otro cirujano. Dicho cirujano, en presencia de Freud y otras personas, se dispone extrae de la nariz de la señora Eckstein una gasa de considerable y ostensible longitud. Como cuando un ilusionista saca de su garganta una ristra de pañuelos atados.No era otra cosa que el vendaje que Fliess, de inconcebible negligencia, había dejado en el interior de la cavidad nasal de la operada Sra. Eckstein.

Dicen ‘las malas lenguas’ de algunos historiadores que ante tal esperpéntico espectáculo Freud no pudo resistirlo y sucumbió a un vahído.

La pobre víctima sufrió después una osteomielitis del hueso maxilar, y terminó con una deformación facial permanente.

Los historiadores de la medicina nos dicen que este lamentable incidente no fue la única causa del enfriamiento de la ferviente amistad que se demostraban Fliess y Freud en antaño. Pero es un hecho que a partir de entonces se produjo un distanciamiento entre ellos; quienes antes habían sido entrañables amigos dejaron de escribirse poco tiempo después.

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A todo esto, ¿sabéis cual fue la explicación que dio Freud sobre la ausencia de recuperación de Emma Eckstein? Pues, Sigmund Freud adujo el tratamiento  no había surtido el efecto esperado porque la Sra. Eckstein tenía deseos sexuales por él y eso sólo retrasaba e impedía la recuperación.

Hoy, al considerar el “reflejo nasogenital”, del que casi nadie ha oído hablar, nos viene una sonrisa entre condescendiente y despectiva ante la ignorancia de quienes propusieron semejante sandez.  ¿Será la misma sonrisa de desdén que tendrán los hombres de generaciones futuras cuando consideren lo absurdo y disparatado de procedimientos médicos que hoy nos enorgullecen?

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